Las brujas. Actualidad de un Símbolo que apunta hacia el Sí-Mismo. Lisímaco Henao H.

Por Lisímaco Henao Henao

Trabajo presentado en el primer congreso de la Sociedad Colombiana para el desarrollo del psicoanálisis junguiano SIDPaJ. Pamplona, España, 2019

  1. Ellas, Ellos, y La Luna.

Entre las imágenes que valen mil palabras, podríamos destacar una que hace ya muchos años se ha hecho muy popular, convirtiéndose en una especie de ícono, pasando a ser tatuaje, logotipo y hasta bandera de más de una idea. Se trata de la luna llena y una mujer pasando frente a ella en una escoba, tan presente está en los grafismos actuales que no me había detenido suficientemente en ella hasta que comencé a elaborar este trabajo sobre La Bruja y el Self. Una vez puesta frente a la consciencia uno puede comenzar haciéndose algunas preguntas ¿Quién es esta mujer? ¿Qué relación tiene ella con la luna? ¿Se dirige hacia la luna o sale de ella? ¿Cómo es que han llegado a estar tan unidas las dos?

Comencemos recordando aquel llamado de atención de Jung sobre lo preciso que resulta para el Self representarse a sí mismo por toda imagen circular y sobre el hecho fundamental de que en occidente una de las esferas por excelencia es la del sol, así, toda divinidad solar parece representar al Self, una totalidad incandecente, luminosa, el sol invictus, la luz de la consciencia, de la totalidad, por fin alcanzada, esto al parecer es así no sólo en occidente sino incluso en oriente, en el sintoísmo japonés, por ejemplo. Sabemos que el Self representa a la totalidad de la psique y al mismo tiempo el centro regulador del desarrollo hacia esa totalidad; en su sistema el recientemente fallecido Carlos Byington prefiere llamar a ese centro simplemente Arquetipo Central, para diferenciarlo de aquella totalidad arquetípica, una jugada que me parece maestra pues nos permitiría diferenciarlos en el lenguaje. Un esquema del aparato psíquico junguiano basado en el del analista Antony Stevens nos muestra más claramente esta idea de totalidad para la que una esfera resulta ser una óptima representación, a su lado podríamos ubicar la más clásica, que viene en “El Hombre y sus símbolos”, específicamente en el capítulo escrito por Von Franz.

Ahora podríamos sumar a nuestras primeras preguntas otras que nacen de esta complejidad teórica: si la consciencia de la totalidad está representada por el disco solar entonces ¿qué representa el disco lunar? ¿Qué nos pueden decir los primeros registros de la historia del desarrollo del alma sobre el otro gran astro-símbolo? ¿Qué nos dice acerca del Self? Ya que esos primeros registros se encuentran codificados en mitos y relatos orales es hacia esas fuentes donde debemos dirigirnos para intentar enriquecer nuestras preguntas, pero dado que la imagen que nos guía es la de una mujer que prefiere a la luna como compañera, quizás valdría la pena preguntarnos también sobre esa pareja. Para la imaginación mítica la mujer de la noche representa un aspecto de lo femenino y estamos acostumbrados a asociar a la luna con la madre consorte del sol, lo que nos lleva a pensar que esta pareja representa a una madre, la luna, y a su amada hija. Esta primera visión no nos es extraña, todos conocemos la tremenda potencia de la pareja Demeter-Perséfone, motivo recientemente revisitado por Disney en su nueva versión de la bella durmiente en la que la madrastra, se une con ella en el deseado beso de amor. Tanto en el mito griego como en la nueva imaginería holliwoodense podemos advertir un intento de comprensión acerca de las motivaciones de la madre para convertirse en malvada, en un femenino destructivo, en ambos motivos esa madre ha sido herida profundamente por un acto de injusticia máximo, en esa relación la madre rescatará a la hija del abrazo de la muerte. Esta interpretación se refiere a la diferenciación de la madre con respecto a la hija pues en ambos relatos la hija queda ligada a lo masculino (Perséfone a Hades y La Bella a su príncipe), lo que nos muestra una dinámica en la que la oscuridad de la madre (Demeter y La Madrastra ambas en pleno uso de su ira justiciera) logra la liberación de la hija, lo femenino dando a luz lo femenino por la vía de una oscuridad que le resulta natural, pues es propio de lo femenino la relación con las emociones, con el cuerpo y con el misterio. Estas imágenes nos llegan no obstante de una cultura patriarcal, con un masculino más diferenciado, que sólo en parte nos ofrece algunas respuestas sobre lo femenino y su sombra, una cultura sobre la cual nos advierte Erich Neumann, sólo puede interpretar los orígenes como algo incipiente, un ensayo de lo mejor que, claramente, es lo patriarcal.

Ahora bien, para mover la perspectiva hacia algunos universos míticos del sur de América, comenzando con el de los indígenas Kogui, ubicados en la sierra nevada de Santa Marta, en Colombia, el relato fue recogido por el investigador Gerardo Reichel-Dolmatoff en los años 40 del siglo pasado:

“Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Sólo el mar estaba en todas partes. El mar era la madre. Ella era agua y agua por todas partes y ella era río, laguna, quebrada y mar y así ella estaba en todas partes. Así, primero sólo estaba La Madre. Se llamaba Gaulchováng.

La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era alúna. Ella era espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria. Así la Madre existió sólo en alúna, en el mundo más abajo, en la última profundidad, sola.

Entonces cuando existió así la Madre, se formaron arriba las tierras, los mundos, hasta arriba donde está hoy nuestro mundo. Eran nueve mundos y se formaron así: primero estaba la Madre y el agua y la noche. No había amanecido aún. La Madre se llamaba entonces Se-ne-nuláng; también existía un Padre que se llamaba Katakéne-ne-nuláng. Ellos tenían un hijo que se llamaba Búnkua-sé. Pero ellos no eran gente, ni nada, ni cosa alguna. Ellos eran alúna. Eran espíritu y pensamiento. Eso fue el primer puesto y el primer estante.

Entonces se formó otro mundo más arriba; el segundo mundo. Entonces existía un Padre que era tigre. Pero no era tigre como animal, sino era tigre en alúna.

Entonces se formó otro mundo más arriba, el tercer mundo. Ya empezó a haber gente. Pero no tenían huesos, ni fuerza. Eran como gusanos y lombrices. Nacieron de la Madre.

Entonces se formó el cuarto mundo. Su Madre se llamaba Sáyagaueya-yumang y había otra Madre que se llamaba Disi-se-yun-taná y había un Padre que se llamaba Sai-taná. Este Padre fue el primero que sabía ya cómo iba a ser la gente de nuestro mundo y fue el primero que sabía que iban a tener cuerpo, piernas, brazos y cabezas. Con él estaba la Madre Auine-nuláng.

Entonces se formó otro mundo y en este mundo estaba la Madre Enkuáne-ne-nuláng. Entonces no había casas todavía pero ahora se formó la primera casa, no con palos ni bejucos y paja, sino en alúna, en el espíritu, no más. Entonces ya existía Kashindúkua, Noána-sé y Námaku. Entonces ya había gente pero aún le faltaban las orejas, los ojos y las narices. Sólo tenían pies. Entonces la Madre mandó que hablaran. Fue la primera vez que gente habló pero como no tenían lenguaje todavía, iban y decían: sai-sai-sai, (“noche-noche-noche”). Ya había cinco mundos.

Entonces se formó el sexto mundo, el sexto puesto. Su Madre era Bunkuáne-ne-nuláng; su Padre era Sai-chaká. Ellos ya iban formando un cuerpo entero con brazos, pies y cabeza. Entonces empezó a nacer los Dueños del Mundo. Eran primero dos: el Búnkua-sé Azul y el Búnkua-sé Negro. Sé dividió el mundo en dos partes, en dos lados: el Azul y el Negro, y en cada uno había nueve Búnkua-sé. Los del Lado Izquierdo eran todos azules y los del Lado Derecho eran todos negros.

Entonces se formó e séptimo mundo y su Madre era Ahún-yiká. Entonces el cuerpo aún no tenía sangre pero ahora empezó a formarse sangre. Nacieron más gusanos, sin huesos y sin fuerza. Ya vivió todo lo que iba a vivir luego en nuestro mundo.

Entonces se formó el octavo mundo y su Madre se llamaba Ken-yajé. Su Padre era Ahuínakatana. Entonces nacieron los Padres y dueños del Mundo. Eran treinta seis Padres y Dueños del Mundo; eran cuatro veces nueve Padres y Dueños del Mundo. Así nacieron: Seihukúkui, Seyánkua, Sintána, Kimáku, Kuncha-vitauéya, Aldauhuíku, Akíndue, Jantána y Duesángui. Ellos fueron los primeros nueve Padres del Mundo. Pero cuando se formó este mundo, lo que iba a vivir luego, no estaba aún completo. Pero ya casi. Entonces había aún agua en todos partes. Aún no había amanecido.

Entonces se formó el noveno mundo. Había entonces nueve Búnkua-sé Blancos. Entonces los Padres del Mundo encontraron un árbol grande y en el cielo sobre el mar, sobre el agua, hicieron una casa grande. La hicieron de madera y de paja y de bejuco, bien hecha, grande y fuerte, como una cansamaría grande. A esta casa la llamaban Alnáua [3]. Pero no había tierra aún. Aún no había amanecido.” (Giraldo, 2005, p. 9 ss)

Aquí deseo llamar la atención sobre un universo que se ha construido con dos bases principales, el océano y la noche. Todos los acontecimientos, nos dice el cronista, aún no lo son, o lo son pero en Aluna, ahora bien, ¿Qué es Aluna para los Kogui?, ellos tienen dos definiciones, en la primera se refieren a lo no visible, a lo espiritual, en la otra al océano. Quizás nosotros, acostumbrados a la ambiguación simbólica, no tengamos que escoger entre estas dos definiciones sino integrarlas, meternos juntos en Aluna como océano y como mundo espiritual. En el relato se repite muchas veces que esto o aquello existía pero no como ahora, sino en Aluna, había un tigre, habían Madres y Padres pero no como los conocemos ahora sino en Aluna. Quizás nos están sugiriendo un universo de formas, de protoformas, de arquetipos, pero atención, irnos por el lado del mundo de las ideas platónicas ¡gran tentación!, reprimiría el otro significado de Aluna, esa existencia oceánica, también material, como si no pudiera existir una idea pura con raíz en la pura materia lo cual es, en palabras de Erich Neumann condición del universo femenino, o mejor, matriarcal. Me parece que esta tendencia a asociar estas mitologías primitivas a un elemento puramente espiritual es muy propio de nuestra consciencia solar, Neumann (2009) afirma que “La consciencia patriarcal parte del supuesto de que el espíritu constituye un principio eterno y a priori, el dato o substrato previo a todo lo demás” (p. 70), pero para estas mitologías todo está unido en la materia, son un niño que tiene que exteriorizar en objetos toda su emocionalidad mediante el juego, no puede darles una imagen exclusivamente mental, esto es así debido a que estamos frente a mitologías que provienen de la niñez de la consciencia humana.

Esta maravillosa ambigüedad que lleva al entrevistado a decir que había tigres y casas y personas, pero que sólo como idea y pensamiento, es decir, a mezclar forma e idea en el origen mismo, me parece indicativo de este carácter profundamente femenino, aún en contacto con un Self que no es solamente idea, que está emergiendo del caldo primitivo, del Océano, de Aluna misma, o que es Aluna en sí mismo pues es esto y aquello al mismo tiempo. 

Hay algo muy interesante sobre el nombre de la primera madre, en esta primera parte se le nombra como Gaulchováng, la primera emanación materna de Aluna, pero en otra versión esta se llama Hába Se, que significa “Madre Pene”, en otras palabras una unidad en la que la sexualidad andrógina está contenida, de hecho para crear al primer ser humano, llamado Sintaná, ella toma un pelo de su sexo y lo unta con la sangre de su luna, de su menstruación y para dar a luz los 9 hijos siguientes llamados los Padres y Dueños del mundo se masturba con un bastón de madera. En el trabajo de parir las 9 hijas siguientes ella obtiene ayuda de su primer hijo Sintaná, pero no con el sexo que conocemos, él pone en su ombligo un pelo y una uña de ella, más una piedra, así nacen las 9 tierras: “la Tierra Blanca, la Tierra Roja, la Tierra Amarilla, la Tierra Azul, la Tierra Arenosa, la Tierra Quemada, la Tierra como Ceniza, la Tierra Rocosa y la Tierra Negra.” (Op. Cit. p. 12)

Aún hay un par de imágenes en este mito que quisiera destacar pues es bastante sugerente en cuanto a nuestras especulaciones sobre el papel de lo masculino en este mundo originario de las grandes madres. Luego del relato del nacimiento de Sintaná y los 9 Padres y Dueños del mundo, se nos da la siguiente descripción:

“La Madre parecía entonces como un hombre. Tenía barba y bigote y llevaba mochilas y poporo, como los hombres. Ella ordenó a sus hijos a hacer oficios de mujer como traer agua, cocinar y lavar ropa. Eso no estaba bien. Así los hijos no la respetaban. Se burlaban de ella. Pero un día, la Madre entregó sus poporos y sus mochilas a sus hijos y también bigote y barba. Se puso a traer agua ella misma, a cocinar y a lavar ropa. Así estaba bien. Así sus hijos la respetaban.

Entonces aún no había mujeres. Los hijos de la madre no tenían mujeres y cada uno estaba casado con una cosa: el uno con la olla, el otro con el telar, el otro con la piedra de moler. Ellos no sabían que era mujer. Molían tierra y pensaban que era mujer.” (Ibid)

Esta descripción de la madre como ser con barba y bigote nos sigue indicando su androginia pero la descripción de los hijos como seres que se casaban con cosas y pensaban que eran mujeres nos sugiere algo muy importante en cuanto a nuestras preguntas sobre ese estado originario de la consciencia, aquello que Neumann exploró como el papel de lo masculino dentro de la madre, lo que él ha denominado una “consciencia lunar”, una consciencia que consiste en un estado simbiótico en el que lo masculino aún recibe su luz de la madre, en mi opinión podríamos afirmar que esta consciencia primitiva, tan propia de los niños y los indígenas, que les permite acceder al animismo y la personificación con gran facilidad, es comparable con la luz de la luna que recibe la luz indirectamente, que no es tan brillante como para diferenciar completamente las formas, motivo por el cual estos hombres podían casarse con cualquier cosa que fuera analogía de la madre: una olla, un telar o una piedra de moler sin mayor diferenciación. 

Quisiera decir finalmente de esta mitología que nos acerca mucho al carácter arquetípico de lo femenino, que asocia incluso la vivencia más espiritual con un elemento natural y viceversa, muy opuesto a un espíritu masculino que fácilmente trabaja con asuntos puramente mentales, aéreos y secos, sin necesidad alguna de humedecerse para comprenderlos. Los Kogui como pueblo viven en la tierra y están continuamente en uso del mambe, una mezcla de hoja de coca, polvo de conchas y una florecilla amarilla que crece en su territorio, esta mezcla tiene tantos elementos simbólicos que daría para otra conferencia, pero digamos que les mantiene unidos a Aluna como océano a través de las conchas y a Aluna en general en los elementos y en la tradición colectiva del mambe y hasta la forma misma del poporo, recipiente con forma de doble vientre en el que se mezclan los mencionados elementos. Los kogui se autodefinen como hermanos mayores y guardianes de la tierra, mientras que nosotros, hermanos menores, deberíamos escuchar sus enseñanzas sobre el respeto por la madre y sobretodo, sobre la cercanía psíquica con ella. Esta cercanía se atestigua porque, como se sabe, nada ocurre por fuera de un enraizamiento, una conexión con la materia y nada es tan espiritual como para que no sea material al mismo tiempo. Neumann afirma al respecto:

“Así, la primera serie de transformaciones progresa del fruto al jugo, y de éste, a través del proceso de fermentación, a las bebidas alcohólicas cuyo carácter espiritual-lunar hace acto de presencia en el elixir de la inmortalidad del soma, el néctar, el aguamiel, etc. La segunda serie asciende igualmente desde el reino natural de las plantas hasta la esencia de los venenos y de la medicina, en la que prevalece la dimensión espiritual de la creación y que de nuevo está gobernada por la luna y en última instancia por la Gran Madre.” (Op. Cit. pg. 72)

La mencionada consciencia lunar de lo masculino en el origen de estas comunidades y de lo humano en general, estaría muy bien representado por la luna como hijo y consorte de la madre; de hecho, encontramos en el mundo restos antiguos que nos dicen que la luna fue alguna vez un hombre. El Doctor Luis Millones, historiador peruano, nos informa de la presencia de una antiquísima mitología en la que la luna tenía signo masculino. Para él esta simbología es propia de regiones costeras, cercanas al mar y al desierto, y en las que se tiene un amplio panorama nocturno, situación muy diferente a la de habitantes de las alturas como los Incas, quienes tenían más cerca al hoy denominado “astro rey”; quizás por todo ello los Koguis pudieron conectarse míticamente con la madre océano (o mejor sería decir con La Mar), tal como lo hicieron los pueblos Nazca quienes entre el 100 y el 700 después de Cristo incluyeron a la orca o cachalote entre las gigantescas figuras que sólo pueden ser apreciadas desde el aire. Según nos muestran los hallazgos arqueológicos los grandes monstruos marinos fueron divinidades para esos antiquísimos pueblos costeros de Sudamérica y les permitían comprender sus orígenes. A continuación les comparto un mito llamado “El mito de los peces y los hombres”, citado por Millones (2015, p. 276): 

“Los peces habían sido seres humanos, como descendientes de una antiquísima raza de enanos, que poblaba nuestras tierras, en edades pretéritas. Vivían en ciudades lacustres; sólo se alimentaban de pescado; reverenciaban al mar, sus tormentas, sus arenas y sus conchas. Mitigaban su sed con la sangre de los peces y sólo salían de sus moradas cuando el Sol había desaparecido del horizonte. Las noches de Luna eran de duelo para ellos y cuando más oscuro estaba el cielo y se tornaba amenazante el mar, solían efectuar sus fiestas y sus ritos. Consistían, unas y otros, especialmente, en sacrificios ofrecidos a su Dios principal, “el robalo” [Lubina], al cual reverenciaban y respetaban, llegando a tal extremo su temor por Dios que bastaba con que alguno lo viera a la distancia para que fuera exterminado inmediatamente de conformidad con la usanza ancestral, que establecía que mirar a Dios era tomar algo de Él y hacerse superior. Y así pasaron los tiempos y corrieron las edades; se formaron nuevos mundos y nacieron otras civilizaciones, hasta que el Sol tomó posesión del Cielo y ordenó a los hombres-peces que se calentaran con el fuero que Él ofrecía, que habitaran las tierras, se alimentaran de sus productos y que bebieran de sus aguas. El Sol llegó a ellos tomando la apariencia de una ballena, pero los primitivos hombres-peces no sólo despreciaron sus mandatos, sino que hasta lo persiguieron negándose a reconocer su potestad y su fuerza. 

Entonces el Padre Sol, el Poderoso Hacedor, el Dueño de los Mundos, destruyó sus viviendas y los convirtió en peces, condenándolos a morir cuando fueran calentados por su calor o cuando vieran la luz de la luna o las estrellas, por no haber querido aceptar la nueva ley de las esferas.

Por eso y desde aquella época los peces mueren al ser sacados de las aguas.” (p. 276 ss)

Volvemos a encontrar aquí a los hijos del mar, se nos dice que al principio eran enanos, una figura que puede simbolizar también un estado primario de lo humano, infantil, precoz, la consciencia que aún no se acabó de formar. Pero sobretodo notamos la forma de estos seres, especie de tritones en una relación ritual con la Luna que, luego de muchas edades, fueron castigados por permanecer en esa relación tras la llegada del nuevo Rey Sol. La función del sol es aquí alegórica de la función del padre y de lo masculino en general, impone un orden racional, separa e inaugura el castigo sobre la transgresión. Otro rastro mítico de la prevalencia de la Luna como astro principal y de su caída en desgracia frente al sol, lo encontramos en una crónica del siglo XVI, recogida por el cronista oficial del virrey Toledo de Perú, quien nos cuenta que Viracocha, el dios creador Inca, “crio a la luna con más claridad que el sol, y que por esto el sol envidioso al tiempo que iban a subir al cielo le dio con un puñado de ceniza en la cara, y que de allí quedó obscurecida de la color que ahora parece” (p. 279). Impresionante registro de la evolución de la psique, reconocimiento mítico, imaginal, colectivo, de la prevalencia de ella, de lo materno, antes de la sustitución.

Pero un relato aún más impresionante es el del Dios Luna, compartido por los Mochicas y sus sucesores. Los mochicas fueron la primera civilización compleja de la región andina y este mito proviene de los informes recogidos en las crónicas de indias del siglo XVII entre los indígenas de Pacasmayo(Crónica moralizadora de la orden de San Agustín, citada por Millones):

“y los más valles de los Llanos tenían por principal y superior Dios a la Luna, porque predomina sobre los elementos, cría las comidas, y causa alborotos del mar, rayos y truenos. En una guaca que era su adoratorio, que llamaban Sian, que en lengua yunga quiere decir: casa de la Luna; tenían la como más poderosa que el Sol, porque él no [a] parecía de noche, y ella se dejaba ver por la noche y de día; que hasta en esto son desdichados los que no están presentes; y también porque ella lo eclipsaba muchas veces, y el Sol jamás la eclipsaba a ella. […] Creían los indios de los Llanos que cuando la Luna no aparecía, iba al otro mundo a castigar a los ladrones que habían muerto; vicio que sobre todos se aborrecía entre ellos […] sacrificaban a la Luna niños de cinco años encima de algodones de colores, acompañados de chicha y fruta.” (p. 281)

Estos pueblos preincaicos tenían entonces por pareja divina a la Luna y al Mar, lo cual podría darnos una idea de ese estado de consciencia lunar del que hemos hablado, esta vez la consciencia asociada a la luna, al Dios Luna, mientras que su madre amante sería el mar. Esta es una inferencia mía dados los relatos traídos hasta acá, la cual quiero plantear como gran metáfora de la razón por la cual nuestra bruja si dirige hacia la luna en busca de una renovación de su luz, del porqué de su contacto material y espiritual con las plantas, y de su caída en desgracia a partir del siglo XVI, en el que el culto a la nueva virgen, María de Nazareth, se intensificó especialmente de la mano de un famoso monje benedictino, al mismo tiempo autor del Malleus Maleficarum, El Martillo de Las Brujas.

  1. La Virgen, La Bruja y el retorno al Señor Luna.

Podemos suponer que la llegada del Dios Sol sobre los hombres-pez y el atentado del Sol contra el rostro de la Luna, representan la llegada de otra luz, de otra esfera divina y, por lo tanto, de otra dinámica psíquica, el dios Inti de los Incas por ejemplo reinando por encima de los pueblos abajo en las costas. Este es un asunto arquetípico ya muy tratado en la literatura, Riane Eisler en “El cáliz y la espada”, resume y amplifica todos los intentos occidentales por comprender el paso de sociedades matriarcales a estas otras mediante la teoría de las invasiones de los guerreros y cazadores del norte. Las huellas míticas de la historia de la consciencia corroboran que la llegada de los olímpicos en Grecia parece aludir a la destrucción de un orden anterior y que, como afirmara Walter Otto, ni siquiera Apolo fue un dios originariamente patriarcal, pues anteriormente servía más bien a una deidad telúrica, la dueña y señora del oráculo del que luego él se apoderaría. 

Entre las figuras femeninas griegas que posteriormente se asociaron con la luna tenemos a Artemisa, la virginal, la señora de la naturaleza silvestre y protectora de las parturientas, aquella a quien se ofrecía a las niñas pubertas. Ella prodigó protección a pastores y bendijo la caza. En su cuadrilla de mujeres castas recibe a las engañadas por sus esposos (Procris) y venga severamente la violación y la infidelidad. La leyenda vivida entre ella, Afrodita e Hipólito, nos dice que rivaliza con Afrodita, lo que resulta obvio desde el punto de vista de la veleidad de la que otra diosa virgen, Atenea, acusa la señora de la belleza y la sensualidad. Artemisa no es sin embargo ajena al deseo sexual, deseó fervientemente a Orión el gran cazador pero terminó matándolo debido a una trampa urdida por su celoso hermano Apolo. 

Artemis se fundirá míticamente con Selene o Febe, la Luna, la hija del sol (Helios) y la aurora (Eos), como tal fue amante de Pan, el otro gran guardián del bosque e imágen de todo impulso natural que nos habita, se confundió también con su prima Hécate, diosa de la noche y de los encantamientos. Resulta interesante que Hécate fuera tratada por Hesíodo como una diosa primigenia, señora del mar, el cielo y la tierra y generosa en bendiciones para los mortales. Una gran madre que sólo posteriormente se conocería como hechicera, tal como le sucediera a Artemisa cuando fue transformada en Diana por los romanos, Hécate era entonces un ser terrible, invocada por hechiceras como Medea, pero solícita al ir en ayuda de Demeter en su búsqueda de la raptada Perséfone. En esto hay un dato interesante y es que según algunas versiones Demeter podría haber sido la madre de Hécate. Esto nos devuelve a aquella idea de unas diosas asociadas con la luna en sus diversas fases, y en las que encontramos rastros de una oscuridad no necesariamente cruel, simplemente natural o demasiado cercana a la madre como para diferenciar la patriarcal moralidad que se conocería después.  

Este grupo de divinidades dejaría su marca en Europa durante muchos años, una imagen arquetipal de la hija y la madre conectada con la noche y con la naturaleza. Sabemos que en los primeros siglos del cristianismo esta imagen no resultó necesariamente negativa, el conocimiento de las plantas y sus poderes curativos y el conocimiento de ensalmos y plegarias para ganar la salud les era permitida, al mismo tiempo que aquellas que daban muestras de una gran intuición podían sin problema dedicarse a vaticinar. En cierto modo, estas mujeres mantuvieron a la humanidad en contacto con el Self mediante una conexión permanente con la naturaleza y con las imágenes inconscientes, con los productos de la fantasía que suelen emerger de él, ángeles y demonios. 

Si la luna fue femenina en esta lógica mítica, ellas eran la luna, y entonces nuestro símbolo tendría que ver con una identificación muy estrecha entre ellas y el astro, este círculo plateado de luz tenue que, entonces, representa como hemos dicho no la luz de la consciencia de la individuación por la vía solar, masculina y patriarcal, sino por otra vía, más regresiva que progresiva, la de un relacionarse con la Madre, con la naturaleza y, según nos ha enseñado Marion Woodman acerca de la virginidad, con la posibilidad de autofecundación. Mientras que en términos biológicos la fecundación sin donante masculino es hasta ahora imposible, en términos psíquicos lo es, por ello la imagen es la de unas mujeres internándose solitarias en el bosque, útero oscuro y secreto en el que compartían y se transmitían de generaciones en generaciones el saber ancestral de los misterios de la vida y de la muerte, aquelarres en los que aprendieron a controlar la natalidad mediante fórmulas anticonceptivas o mediante el aborto. 

Unos siglos después estarían siendo quemadas por todo esto, vilipendiadas y perseguidas, con lo cual simbólicamente ardía en la pira también ese otro tipo de consciencia de la vida y de la muerte. Resulta interesante la opinión de algunos historiadores, según los cuales el decrecimiento de la población europea debida a causas como la peste negra, habría sido uno de los motores de la persecución a las que ahora no eran más que peligrosas brujas aborteras. La historiadora mexicana Graciela Candano Fierro (2019) nos hace la siguiente descripción de lo que concluiría con el martillo de las brujas y la persecución:

Durante los 500 años que van del principio del siglo IX al final del XIII la población europea se incrementó sólo en 45 millones de personas (de 30 a 75 millones), y después decreció en el siglo XIV debido a la ominosa conjunción de la fatal peste negra, las hambrunas, las guerras y diversos desastres climatológicos. En cambio, en los 500 años comprendidos de 1475 a 1975, esa misma población se decuplicó (aumentó de 64 a casi 640). Ahora bien, una de las fuentes del gran crecimiento demográfico europeo, iniciado en las postrimerías de la Edad Media, fue la bula pontificia Summis desiderantes affectibus, de 1484, en la que el papa Inocencio VIII instaba a la policía inquisidora a combatir un supuesto culto satánico que se estaba generalizando en los obispados alemanes, ordenando “destruir, ahogar y exterminar” los encantamientos desplegados, entre otras cosas, contra el buen desenlace de los partos de las hembras. Esta iniciativa papal ocultaba el deseo de promover la natalidad en la población, como medida esencial para contrarrestar los estragos de la peste. De ella se derivó, dos años después, el “manual del perfecto cazador de brujas”, el Malleus Maleficarum -o Martillo de las hechiceras- escrito a solicitud del propio Inocencio VIII por los clérigos Henry Kraemer y Jacob Sprenger. Para ambos dominicos la mujer era “a hidden and cajoling enemy” (un enemigo oculto y engatusador)”

Podemos comprender entonces cómo aquellas mujeres pasaron a representar al mismo demonio por ser enemigas del nuevo orden aterrorizado por la oscuridad y la muerte, mismo que unos años después se vería también fascinado por la luz y la razón. La misma iglesia nos legó en un documento del Concilio Romano del 315 una descripción clara de la asociación de estas con la virgen arquetipal, pues imponía penas a quienes “creyesen o profesasen que por la noche son llevadas en volandas cabalgando en bestias y corriendo largos espacios de tierra con Diana, diosa de los paganos o con Herodías y muchedumbre de mujeres, y que en ciertas noches son llamadas a servirlas (Espala-Calpe, 1968, p. 1074)”. Todo esto junto al culto a una nueva virgen, María de Nazareth, habría de sellar el destino de las hijas de la noche por los siglos siguientes. A lo inconsciente virginal se le ofreció una nueva diosa, una virgen que también reinaba sobre la luna, parada sobre ella desde la imagen del apocalipsis, también protectora de los partos, también vestida de estrellas, pero ahora aplastando la cabeza del dragón primigenio, de la pitia de los orígenes. Ella, reinterpretada por los nuevos sacerdotes, fue perdiendo en la consciencia colectiva muchos de los aspectos que la hicieron la hija devota de la madre, pasando al mundo patriarcal como imagen de conexión entre los humanos y el único Dios padre. 

No era la primera vez que la humanidad vivía esta sustitución, en una remota antigüedad una figura llamada Lilith, señora de animales nocturnos, de la maternidad y de la sexualidad fue vista como un demonio que extraía la sangre de los niños, opuesta a una Eva más sumisa aunque no completamente libre del deseo de transgresión. De manera análoga en la cultura Mochica, también el Dios Luna exige este sacrificio de niños y los cronistas hablan de que los padres los entregaban con agrado, todo ello antes de que llegara Inti, el sol incáico e impusiera su nuevo orden, no con menos sino con más sangre, pero en un derramamiento justificado desde otro orden, fenómeno que se repite actualmente en todo el mundo. De esta manera también en tierras americanas se pasó de lo bajo y oscuro (los desiertos, el océano y la luna) a lo más alto (la montaña, la pirámide y el sol). No obstante el patriarcado del nuevo mundo parecía haber aprendido a coexistir con la madre, manteniendo a sus mujeres curanderas, mujeres medicina, como conexión con el lado ctónico, mientras los guerreros, sacerdotes e ingenieros, se dedicaban a construir hacia arriba. Cuando llegaron los españoles hallaron a estas mujeres y no les fue difícil identificarlas con sus antiguas Artemisas, Dianas y Hécates, pues se basaban en la misma dinámica arquetípica, adoraban a la luna y conocían los misterios de la tierra. 

Ahora bien, si la luna es femenina, y si la luna es un pedazo de tierra arrancado violentamente como afirman los cosmólogos, entonces este Self se identifica con la antigua Virgen disfrazada de bruja, es Hécate en su relación con una madre herida, con Demeter a quien le arrancaron violentamente una parte suya. Esta es la bruja que libera a la madre de ese desgarro mediante sus artes mágicas, entonces la madre, que por mucho tiempo ha estado clamando al cielo encontrará en la hija una respuesta. Según el desarrollo histórico de los símbolos, esta bruja sigue siendo entonces la virgen que reclama su derecho a la noche, al saber de la tierra y al misterio. En el proceso de individuación este es el aspecto del Self que nos encontramos, hombres y mujeres, al momento de contactar con lo autofecundante, con la retirada del mundo, quizás con el sol niguer, un sol disminuido, un racionalismo que descansa, que se detiene para contemplar la noche en la que no todo es como se desea, como se planea o como se veía antes.

Y finalmente, si la luna fuera masculina como nos lo sugieren algunas mitologías, tanto el Self allí representado como la bruja que cabalga hacia él nos estarían transmitiendo una antigua intuición: como ser masculino la luna es pareja de la madre, es un tipo de consciencia masculina que por la vía de una regresión positiva puede ayudarnos a recuperar la conexión perdida con el misterio, con la humildad y el respeto para con los hijos de la madre, para con la gran serpiente, con el abuelo árbol, con mi hija y con tus hijas e hijos. Porque la bruja también desea lo masculino, pero como la virgen que le sirve de soporte arquetípico, desea más a los pastores de cabras que a los devastadores de mundos actualmente en el poder, a estos los busca más bien para embrujarlos y volverles impotentes de muchas maneras, forma fantástica en que este Self lunar les llama la atención a los prepotentes, compensación pura y bruja. Entonces este Señor Luna podría representar lo que el analista brasilero Carlos Byington denominaba el sentimiento típicamente masculino tan necesario para el advenimiento de una nueva consciencia. La bruja ha regresado, es un símbolo que se actualiza y viene de la luna, pero de cierta manera también nos lleva hacia ella, cada una y cada uno deberá preguntarse qué tipo de luna necesita, hacia dónde se mueve su alma en su más profunda individuación.

Bibliografía.

Cándano Fierro G. (2019) “El diablo toma la forma de mugier por que a los buenos pueda enpesçer”: una faceta de la mujer en la literatura ejemplar. Documento consultado en internet en 01-02-19

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Giraldo L. M.(2006). Cuentos y relatos de la literatura colombiana. Tomo I. México: FCE

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